
NAMBER GÜAN (*)
Número uno de tantas cosas que ahora no me acuerdo, y que prefiero no saber, porque ignorando capaz me salve de vaya a saber qué calamidad, o de la fortuna que anda buscando víctimas a quienes enriquecer, o de la Virtud; ella pobre, pobrecita la Virtud.
No me pongo mal ni mucho menos. Una languidez cerebral me inmuniza de todo lo que tenga que ver con esta triste, exitosa, triste, hermosa, triste, indiferente, triste y opulenta Buenos Aires.
Resultó que me topé en ella y con ella, y no me fue tan bien como suelen contar los cuentistas de cuentos mediocres. Yo soy cuentista, y también mediocre, porque suelo contar como una novedad el obituario de tal o cual valor, que resulta que no sólo que no había muerto, sino que tal cual un culebrón, jamás hubo existido; contingencias de la escritura. Inevitable. La modorra intelectual me arrastró toda la vida, y preferí pensar que Buenos aires era Buenos Aires Querido de alguien. Después me creí un iluminado, porque vi todo lo contrario, y resulta que era tan valiente yo, tan sagaz e inteligente yo, que salí por un balcón y dije: “Me cago en vos, Buenos Aires”.
Desde ese día hay mucho de La Gran Ciudad que me huele a despecho. No hace mucho le pisé unas baldosas, leí sus carteles de reojo y me pregunté si No se habría ido ella, y si ésta que pisaba no sería otra con un emperifolle diferente.
Poco me duró la duda. La ciudad no cambia, la mugre tampoco, y la dulcemugre tampoco.
Un folleto más para la almohada del linyera.
Pablo Salinas.
(*) Number one…. Naaaa ¿en serio?.
Número uno de tantas cosas que ahora no me acuerdo, y que prefiero no saber, porque ignorando capaz me salve de vaya a saber qué calamidad, o de la fortuna que anda buscando víctimas a quienes enriquecer, o de la Virtud; ella pobre, pobrecita la Virtud.
No me pongo mal ni mucho menos. Una languidez cerebral me inmuniza de todo lo que tenga que ver con esta triste, exitosa, triste, hermosa, triste, indiferente, triste y opulenta Buenos Aires.
Resultó que me topé en ella y con ella, y no me fue tan bien como suelen contar los cuentistas de cuentos mediocres. Yo soy cuentista, y también mediocre, porque suelo contar como una novedad el obituario de tal o cual valor, que resulta que no sólo que no había muerto, sino que tal cual un culebrón, jamás hubo existido; contingencias de la escritura. Inevitable. La modorra intelectual me arrastró toda la vida, y preferí pensar que Buenos aires era Buenos Aires Querido de alguien. Después me creí un iluminado, porque vi todo lo contrario, y resulta que era tan valiente yo, tan sagaz e inteligente yo, que salí por un balcón y dije: “Me cago en vos, Buenos Aires”.
Desde ese día hay mucho de La Gran Ciudad que me huele a despecho. No hace mucho le pisé unas baldosas, leí sus carteles de reojo y me pregunté si No se habría ido ella, y si ésta que pisaba no sería otra con un emperifolle diferente.
Poco me duró la duda. La ciudad no cambia, la mugre tampoco, y la dulcemugre tampoco.
Un folleto más para la almohada del linyera.
Pablo Salinas.
(*) Number one…. Naaaa ¿en serio?.
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