martes, 10 de agosto de 2010

El componente pisciano en el Martín Fierro de José Hernández (con agregados progresivos)




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Entiendo esta estrofa como referida al alma. Piscis es el alma, el lugar de apertura a lo incognoscible, a Dios. Habla del nacimiento en el fondo del mar. Piscis es el mar, lo inconciente, la existencia latente que no se sabe a sí misma, lo concebido pero no nacido. Nace del mar, nace en un mundo confuso, cálido, turbulento. Nadie le puede quitar a Martín Fierro aquello con lo que nació: el alma (Piscis) y que se ha de llevar en la hora de la muerte. Lo que me causa curiosidad de esta estrofa es tanto componente pisciano a la vez: alma, mar, comienzo y término… lo cíclico resumido en una estrofa… Piscis también es eso, lo cíclico, lo que empieza, lo intermedio, y lo que termina. Fierro canta la no perdida de aquel bien que es el alma.


15
Nací como nace el peje
en el fondo de la mar;
naides me puede quitar
aquéllo que Dios me dio:
lo que al mundo truje yo
del mundo lo he de llevar.





En Piscis está resumido el pasado, el Zodíaco como pasado y su peso, la historia del ser y su peso. Estuve leyendo a Schopenhauer estos días. Encontré mucho de esto, mucho del “fin” y de no saber lo que se hace “al fin”. Por eso su música (Piscis) es triste (Piscis) y advierte sobre lo cíclico y su deuda (Karma). Mi guitarra suena triste porque me pesa la deuda, lo recorrido y lo no terminado. (“Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a fluir.” Eclesiastés 1,7)
Mi vida es canción triste. Siempre quedarán residuos. Lo cíclico, siempre estar saldando la deuda de lo no terminado, lo no completo, lo imperfecto. ¿Qué es el ciclo repetido siempre? Es la rueda de la existencia que no se termina. Pagar y pagar por el hecho de existir, una y otra vez:
(“Lo que fue, eso será; lo que se hizo, ese se hará. Nada nuevo hay bajo el sol.” Eclesiastés 1,9)


423
Triste suena mi guitarra
y el asunto lo requiere;
ninguno alegrías espere
sinó sentidos lamentos
de aquél, que en duros tormentos
nace, crece, vive y muere.



¿Qué puede pasar a la orilla de un arroyo? (A orillas de los ríos de Babilonia estábamos sentados y llorábamos, acordándonos de Sión Salmo 137,1) Puede ocurrir que la reflexión solitaria nos haga ver incluso a los fantasmas (Piscis) de tiempos felices. En la orilla de un arroyo está también María Mulambo, o la madre del mítico Moisés derramando las lágrimas pertinentes al caso.
Son amargas las aguas de la nostalgia:

427
En la orilla de un arroyo
solitario lo pasaba;
en mil cosas cavilaba
y, a una güelta repentina,
se me hacía ver a mi china
o escuchar que me llamaba.

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