
El Sol ha ingresado a Sagitario, a la porción número nueve de este recorrido de doce fases que son los signos. No así las constelaciones, entendedlo los que no entendéis, que el Sol no entra en la constelación de estrellas de Sagitario sino en el signo de sagitario, que es otra cosa y que os dejaré que averigüéis por algún medio o que se me cantará la gana explicaros en otro momento.
Estábamos en Escorpio. Allí había muerto nuestra vergonzosa doble moral, y habíamos asumido que nuestro sustrato animal y egoísta y sádico, era esa parte nuestra negada escondida encerrada deformada, temida y deseada que debíamos asumir con naturalidad y permitir que transforme nuestros escenarios al principio drásticamente, al final, al final nunca sabemos los finales.
Estábamos en la tumba y desintegrándonos fusionándonos con la tierra. Estábamos donando nuestra sangre a un parásito vampiro vividor, estábamos succionando la fuerza vital de otro. También estábamos formando asociaciones en las que invertíamos nuestro capital vital, nuestra parte junto a la de otros y ese capital conjunto, esa fusión, era Escorpio. Estábamos en la cama, copulando, fusionando, escorpiando.
En Libra me di cuenta que no estoy solo y que puedo equilibrar voluntades, comprar voluntades, vender voluntades. En Escorpio me fusioné con él o lo devoré o me dejé devorar (esa es cuestión de gusto).
Pero algo ocurre ahora. Mientras fusionamos a veces conflictivamente, a veces profundamente, mientras enredábamos nuestras piernas o nuestros tentáculos psíquicos sobre o con el otro, mientras fusionábamos nuestra animalidad, esa terrible y oscura animalidad, algo nuevo emergió de nosotros, algo se elevó por encima, algo que no solo que nos supera, sino que nos eyecta a un lugar desconocido. No pongáis cara de que queréis entender lo que digo, porque lo que os digo no se entiende, no debe entenderse sino creerse. Os extrañaréis y diréis que al menos indicado se le han subido los humos, y que lo que pretendo es de una soberbia magna: que sería una estupidez creerme así porque sí, y que soy un charlatán. No os equivocáis en lo de charlatán, ya que mi ignorancia es mi capital auténtico e innegable, pero sí os equivocáis en no creer. Porque si no me creéis, estáis en Escorpio, estáis en la cama, y no confiáis en mí, no pondréis vuestra parte del capital porque no tendréis garantías. Creerme es una apuesta que podéis ganar o perder, por lo que ni copularéis conmigo, ni os asociaréis conmigo, ni fusionaréis vuestros capitales con los míos, y os lo predigo, ni conmigo ni con nadie. No podréis vivir un Escorpio, una fusión verdadera, una profundidad, si no os lanzáis al vacío. Teméis la estafa, teméis que os devore, teméis la muerte, teméis el cambio. Esta es la hora de la fe. Porque aquel que no es capaz de creer, no es capaz de entregar, y quien no es capaz de entregar, no lo es tampoco de fusionar. Así es como vuestro Escorpio es un Escorpio monstruoso, egoísta y vicioso, sádico y vergonzoso, porque sabéis muy bien en el fondo que no confiáis y que quien no confía no cree, y que quien no cree no apuesta, y que quien no apuesta no se lanza, no evoluciona, no avanza. Quien no vive con confianza sagitariana, no puede salir de su mugre escorpiana. Esto se traduciría así: quien no tiene fe, no arriesgará, y quien no arriesga retiene, y quien retiene se pudre carajo se pudre, oh carajo, oh carajo, se pudre carajo, se pudre con pudrición acentuada, se pudre con negrita y subrayado, se pudre y desintegra todo, porque no había nada genuino desde donde empezar, todo era miedo y mierda, todo era mierda moldeada horneada barnizada perfumada.
Escorpio era el abismo oscuro que requiere un paso de fe. ¿Qué es la fe? la fe es un acto de confianza en aquello de lo que no se tiene certeza, en aquello que nuestros sentidos no pueden medir, en aquello que nuestra mente no puede calcular. Sagitario es eso. Obviamente que todos vivimos y poseemos Sagitario. De lo contrario no podríamos vivir.
Os lo explicaré como si fueseis unos imberbes que viendo no ven y escuchando no escuchan, y que lo único que tienen es temor. Sagitario es esa cualidad que nos hace confiar en lo que no vemos. Vosotros creéis en muchas cosas que no comprobáis por vosotros mismos. A veces os toman por tontos, otras por más que tontos, y otras no, otras os dais cuenta que era necesario creer. Siempre creéis. No vivís como perfectos escépticos. ¿Habéis visto a alguien morir electrocutado? No, no lo habéis visto sino en la televisión, pero no metéis los dedos en el enchufe, porque alguien os dijo que la electricidad mata. No lo habéis comprobado, pero lo creéis. Creéis que el mundo seguirá como sigue, y que siempre habrá un organismo social que se encargará de hacer cumplir las normas de convivencia. Si no confiarais en nada, no viviríais donde vivís, ni os casaríais, no iniciaríais una carrera, no cruzaríais la calle, no trabajaríais esperando la paga al final, porque no creeríais en nada ni en nadie, no confiaríais en ningún sistema, en ninguna norma, en ningún futuro. Sin la capacidad de creer, no saldríamos de nuestros hogares, o no viviríamos en hogares, porque no confiaríamos ni en nuestras terribles y amenazantes sombras.
Vosotros creéis y yo también. En las noticias, en los descubrimientos, en las leyes, en que los demás cumplirán su parte y nosotros la nuestra. Así cruzamos la calle. Así fusionamos los capitales, así copulamos, así nos entregamos mutuamente. Por fe. Lo repito. Por fe. Como dice la fucking Escritura, el justo por la fe vivirá.
Pero Sagitario no es solamente esta potencia nuestra de lanzarnos confiados. Dijimos que estábamos copulando en la octava fase, en la anterior, en Escorpio estábamos escorpiando y enredados en las sábanas del hotel. Nos habíamos elevado, nos habíamos desdoblado y mirábamos la escena desde fuera, y nos logramos contemplar a nosotros mismos junto al otro en la cama, y nos vimos desde el techo, y vimos que no éramos los únicos, sino que todos los demás, esa noche, estaban en sus camas, en sus transas, en sus secretos, escorpiando. Todos escorpiaban porque esa es su parte animal, su parte oscura, su parte vital. Todos escorpiaban y pudimos verlo desde arriba, pudimos elevarnos en medio de la noche, pudimos comprender que no éramos solo nosotros, o nuestra pareja, sino toda, toda una comunidad, un colectivo, un gentío que experimenta la misma escorpicidad. Todos en la cama y escorpiando, sí señor, y lo vimos como en una pantalla. Eso es Sagitario. Ver las cosas desde arriba, desde una amplitud, eso es Sagitario. Es estar en un hotel oscuro, el hotel de Escorpio, y subirse por la pared y pararse y ver desde lo alto en la cornisa todas las habitaciones, todas las intimidades, todas las oscuridades, toda la animalidad compartida con el género humano.
En Sagitario me vi a mí y al otro desde arriba, me desdoblo y me veo a mí y al otro en el conflicto dulce y feliz conflicto (dulces forcejeos) y a los otros, me elevo y veo también a los otros, todos en el conflicto, veo la selva, viajo en mi parachute y veo, comprendo, ahora todo parece tener sentido.
Me doy cuenta que mi ritmo no era mío, era el ritmo de todos y todos funcionábamos así, y allí es cuando de nuestro cuerpo equino sale el hombre, la mitad hombre del centauro que está re buena, chicos no lo neguemos, qué fuerte que está el centauro.
Hacedme el favor de ver al centauro, ese ser mitad caballo mitad hombre. La mitad caballo es la escorpiana, es el sustrato animal, es el hotel nocturno de todas las intimidades. La parte humana es esa parte del colectivo que asoma la cabeza, que observa, contempla, comprende, se eleva.
Siempre me intrigó el pudor de toda la iconografía espiritual. No os lo dije nunca y ahora os lo digo. Nunca vi el pene del centauro, aunque si os fijáis bien la cruz del sur es como un pene espada de la constelación centauro (no así sagitario), de la que la estrella Mimosa sería el testículo derecho y la estrella Acrux un espléndido cándido y divino glande.
En Sagitario encontramos nuestra capacidad de subir, de elevarnos, de dirigirnos con fe hacia no sé dónde, de avanzar y evolucionar, de cruzar la calle con confianza, de apostar, de lanzarnos al vacío como una flecha sedienta de infinito. San Agustín o Santo tomás de Aquino, lo mismo da, dijo que somos como una flecha disparada al infinito. Sagitario es el arquero, el que apunta al cielo y se eleva de su animalidad, pero no la niega, por Dios entendelo de una vez, no la niega. El centauro apunta al cielo con su mirada y con su flecha, pero se para en sus cuatro patas equinas, patas de fuerza equina, fuerte fuerte con sus caballos de fuerza y sus muslos y su pene, el que no vemos en las estampas, con su pene escorpiano penetrador violador transformador. El centauro tiene pene. No os olvidéis de eso, no os olvidéis del sustrato animal, no lo hagáis porque la vida os partirá a la mitad, os castrará la vida, y seréis una pura idea, vacío cósmico, distancia sideral, concepto.
¿A dónde apunta la flecha? Al cielo, al infinito, al lugar al que nunca llegaremos, al lugar que no existe pero en el que es necesario que creamos, porque si no creemos no avanzamos, si no creemos no evolucionamos, si no creemos no hay centauro, no hay destino, no hay flecha, y nos quedamos con un pene fuerte y ciego y oscuro húmedo y sin posibilidad de erguirse.
Si negáis la animalidad del centauro, si os castráis de vida, entonces caeréis en el pedantismo inútil y asqueante del centauro. Asco da verlo alardear de su magna sabiduría, de su sapientia, de su Philosophia perennis, de su superioridad. Porque el muy caballo se sube a un cajón de cerveza y desde allí enseña y dirige, y aburre, oh por Dios cómo aburren los sagitarios con su discurso de la verdad y la justicia, por Dios qué aburridos, por Dios qué hipócritas, por Dios, por Dios, si hasta su Dios los escupe de su boca y los lanza ya no a un infinito ciego, sino a una infinita soberbia e intolerancia, y la animalidad que negaran antes ahora los devora desde algún rincón del inconsciente y los transforma en conquistadores, cruzados, soldados de Cristo, apóstoles de su verdad, testigos de la palabra, inquisidores, apologetas del absurdo, y su fin ya no es el cielo sino el infierno, el furor y el odio y la intolerancia quemante del orgullo herido. Porque, digámoslo, cuando Sagitario se sube a su propio lomo, no se lo banca nadie. A pitufo filósofo no se lo banca nadie, lo patean a pitufo filósofo, lo segregan, no disfruta de las fiestas, porque papá pitufo dice. No es pitufo fortachón, no sabe cortar madera, ni acometer actos heroicos. No es pitufo pastelero, no sabe hacer un puto huevo. No es pitufo poeta, ni tontín, es filósofo, porque papá pitufo dice y no se lo bancan, porque Aristóteles dice, Platón, Rosseau, Comte, péguenle una patada a ese pitufo, una patada en el culo. Me gustan todas formas la creatividad de los circundantes, las miles de formas de matarlo o ahogarlo o torturarlo que se les pasa por la cabeza al escuchar ese torrente de dogmas y elevadísimas filosofías del disparate.
Enamorados, a veces, de la idea, de su idea, y se transformaron en su idea, y como ya sabemos, las ideas no subsisten sino en un cuerpo material, orgánico animado, vital.
No nos olvidemos que el bastión humano tiene el sustento animal representado por las cuatro patas del centauro y por su pene que no se ve en las figus así como no se ve la vagina omnireceptiva de Venus, ni la cisura genital de Urano, ni el culo telarañado de Saturno.
El pene del centauro no es un pene penetrador como el de Marte, sino un pene juguetón y libertino, uno que no se olvida del abajo por mirar arriba, uno que no se castra, uno que Saturno no ha podado y está vivo y coleando. No le puse “u” a “coleando” porque aún habrán oídos alérgicos a la vida y a todos sus sinónimos.
Por eso puede que el centauro se mire las patas y el miembro y se dé cuenta que puede disfrutar de ello conscientemente y se dedique a hacer de su vida una correría de placeres y encamadas deportivas y sociabilizaciones varias que terminan en sexo colectivo. Porque en Sagitario el ente se da perfecta cuenta que está por sobre todo, por encima, y esa altura nos puede marear, sí, nos puede marear e invitar a un disfrute amplísimo. Daos cuenta que una cosa es copular por copular, y otra es copular con el cuerpo y con la mente.
Otra cosilla que se me viene a la mente, a propósito de Sagitario es que el tal es una entidad colectiva. Sagitario es la sociedad, la comunidad que avanza hacia un fin, que aunque inexistente, se hace un como sí, y se avanza.
Avanza avanza el aparato social avanza en sus cuatro quijotescas patas avanza. Justamente por tener patas este cuerpo social, este centauro, pisa y pisa sin mirar porque su mirada está en los ideales, en el cielo, en el blanco al que se dirige la flecha, y sus patas pisan lo que venga, pisan las flores, pisan las esperanzas, pisan a otras pequeñas colectividades, a otros pequeños centauros, los pisan los matan los conquistan los aniquilan, porque se va detrás del bien, la parte de arriba busca el bien, y la de abajo inevitablemente provoca el mal, inevitable mal, le tocó esa parte, qué le vamos a hacer, le tocó esa parte y eso es todo.
Por eso en Sagitario podemos llegar a vislumbrar el concepto de jerarquía. Algunos forman parte de los ojos del centauro, los ojos del cuerpo social, algunos los brazos, otros el pecho, otros las patas, otros el pene, lo sois, lo somos, y algunos directamente no forman parte de nada. Algunos son las flores que pisa el centauro, la maquinaria social que se para en la animalidad y avanza avanza, aplasta aplasta, se eleva, alcanza, visiona, cree, se lanza, y pisa y avanza. Allí están los marginados, los que no forman parte del cuerpo, ya lo veis, los despojados, los pobres, ellos, la sombra del cuerpo social, la sombra del centauro, porque hasta los centauros tienen sombra. Y allí somos nosotros la sombra de muchos otros pedantes, y a su vez somos los pedantes de los que otros pobres desgraciados son la sombra. No lo neguéis, no os importa, de verdad que no os importa. Cuando fingís que os importa es gracioso, es parte del circo de apariencias sagitariano que os gusta ejecutar para guardar las formas, pero no os importa, y si os importase, no habríais comprendido nada, porque el flechador siempre necesitará patas con las que pisar, y un suelo sobre el que apoyarse, y una sombra que proyectar. Es así ad infinitum. Y si vosotros sois los ojos del centauro, esos ojos que visionan contemplan ordenan el infinito en muy sofisticados conceptos filosóficos, muy elevados muy de ábsides y columnas y pisos encerados y altares, y lo sois esos ojos sois, los ojos contemplativos del centauro sois para no sentir o admitir siquiera que también sois las patas brutas, pisadoras torpes animales del bicho.
Si no sois un centauro enterizo, mitad hombre mitad bestia, seréis unos pedantes insoportables, filósofos de una filosofía incomprendida.
Yo no soy una idea, una pura idea, ni pura evolución ni pura luz porque todas las purezas son inhumanas, no son humanas, no nos pertenecen.
Yo no me pongo la corona del asqueante sagitario superado para decir “Ah, no, pobre, qué ser tan involucionado, todavía cree, todavía reza, todavía se arrastra en el río de sus pasiones”. Los tales se abstienen de compartir la mesa de los idólatras, de los paganos, de los simples. Se pierden en vanas teorías y para cuando miraron al suelo ya no había nadie, las mesas estaban vacías, las plazas desiertas, la manada lo dejó morir en su estupidez y vanidad.
Habéis dicho que es imposible adivinar. Claro que lo es! Claro que lo es! Pero no nos está vedado creer, y por eso podemos creer, y por eso podemos, al menos, jugar a las adivinanzas.
Cuando vino una pobre mujer, muy pobre, a decirme que en su desesperación ansiaba ver el futuro, yo le dije que sí, yo le dije cosas sobre su futuro, o acaso podía yo en aquel momento tirar a la deriva a esa pobre mente inculta y decirle: “ve a tu suerte, querida, estás sola, estamos ciegos, caminamos en la noche con brújulas de nailon.”
Ella vino a mí. Ella irá a ti, la comunidad, el pueblo, el colectivo que no tiene tiempo de filosofía, no, de conceptos, no, de abstracciones, no, de construcciones teóricas, no, el pueblo que solo encuentra sentido no pensando en el sentido sino haciéndolo, viviéndolo, filósofos de la naturaleza viva, centauros de humanidad a duras penas desarrollada, ¿pero qué digo? si ellos comen y se reproducen y mueren y ríen y lloran y se trifulcan en sus vidas hacinadas y aman y odian y se construyen historias y tienen fe. Fe he dicho. Fe, la que nosotros no tenemos, la que nosotros hemos depurado a extremos asustantes, la que hemos laboratorizado lobotomizado sodomizado desde Géminis, sí, desde nuestras bibliotecas.
Enarbolamos la evolución y hablamos de sagitario como el signo de Quirón, y nuestro pedantismo no tiene límites. Hemos renegado de la fe, sí, de la fe en su sentido primario, de la fe de los siglos, de la fe cuando en la época de piscis, cuando las velitas y el santo del amor, o del trabajo, y nos hemos creído mejores. Otra vez sopa, otra vez negando y renegando y pavoneando de que no, de que sois muy humildes vosotros. Os creísteis mejores, os nombrasteis sabios de una sabiduría nueva, antigua y nueva, incomprendida, prostituida, y dejasteis las velas, sí las dejasteis en un cajón de la cocina, y dejasteis de tener fe. Yo enciendo velas todavía en ciertas fechas. Yo también he pecado de vanidad y soberbia, porque sagitario es vanidad y soberbia, y me he creído mejor, me he creído más sabio, me he creído un conductor, un guía de almas, un docente del espíritu, y no soy más que un infeliz jugando a ser Gandalf, Merlín, y otros castrati.
Pero enciendo velas. A veces, he de confesarlo. Para escándalo del intelectualizado y dignísimo ámbito astrológico y putológico, académico y caraculémico, yo confieso ante dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que enciendo velas cada tanto. Sin creer, ya sin creer como antes, ya sin sentido, ya sin devoción, yo enciendo velas porque prefiero encenderlas que metérmelas en el pedante traste que me destaca, culo con rosca, porque también busco el sentido, porque no soy yo el sentido, porque mi pueblo sigue creyendo, porque yo soy parte del colectivo, y si el colectivo dice avemariapurisima, yo le digo sin pecado concebida. No desdeñéis de los orígenes. No desdeñéis de la sabiduría de los siglos. No os caguéis en quien fuera en un tiempo la madre y maestra de los pueblos. Encontrad el puente, encontrad el nexo, pero no os elevaréis a alturas más dignas alejándoos del común del pueblo, eligiendo una nueva escolástica astrológica, viciada de sí misma, impenetrable, apostólica e invasiva, proselitista, inquisidora.
No os alejéis de los símbolos del pueblo. Comprendedlos, reelaboradlos, asimiladlos, conservadlos, superadlos, cuidadlos.
Sed buenos centauros, sed vitales, juguetones trotadores, y avanzad, avanzad hacia la vida sin sentido. Buscad ese sentido inexistente en el horizonte, trotad, trotad, transpirad, corretead por los prados o por los basurales, eso no importa, trotad, trotad, caballitos valientes, corcelitos negros, pequeños ponys.
Os saluda El Menos Indicado.
No aceptéis sucedáneos. No seáis herejes.
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