
Yo ya me figuro que vosotros os figuráis que voy a deciros cosas sobre Escorpio. Pues no os equivocáis en vuestras figuraciones pero tampoco habéis acertado. En primer lugar, porque sois tan zopencos como yo, que pensáis en que hablar de signos es sentarse a lo Lili Sullos e internarse en el lenguaje estupidizante de la Astrología, que si cuadraturas, que si puntos arábigos, que si Plutón a tres grados, que si a cuatro grados, que si el nodo o el modo… y todos esos etcéteras que escucháis sin entender mientras os tomáis el té de madreselva un miércoles por la tarde porque nadie os ha invitado a salir o porque no tenéis dinero o porque no tenéis otra cosa mejor que hacer que rascaros las partes pudendas a dos manos.
Pero en este caso, no os diré que Escorpio es tal o cual cosa y que la Casa VII y que el nodo norte. Os diré que sois una vergüenza. Os diré que soy yo también una vergüenza y os diré que esas cosas tienen cura.
Porque Escorpio es, entre otras cosas, aquello que nos da vergüenza. Vuestro inodoro es una vergüenza, vuestras medias, vuestros dientes, vuestros pensamientos, vuestros odios, vuestras venganzas, vuestros deseos, vuestras bombachas y calzones, vuestros sueños, oh dulces amargos desconcertantes sueños en los que el deseo pega gritos atroces y os hace revolcaros en el césped con vuestros cosanguíneos, oh sueños, o asesinar a vuestros bienhechores, oh sueños o mundo inconsciente, oh profundidad, oh deseo de yacer bajo las fauces del terror que os seduce, sí, no lo neguéis, os seduce y transforma.
En Libra, el mes pasado, estábamos en ese punto de equilibrio fugaz, de felicidad pasajera, y posábamos nuestra mirada en la neurosis libriana de buscar la paz, de conciliar, de vender su dignidad por un momento feliz, de postergar sus deseos y su voluntad, de adornar el mundo en que vivimos para que parezca hermoso, no verdaderamente hermoso, eso está fuera de discusión, sino lo que a libra se le antoja hermoso.
Ahora estamos en Escorpio. Estamos en la instancia en que el olor a mierda es tan fuerte que no hay desodorante que lo tape. La humedad ha corroído la pintura, se ha filtrado por las grietas, y los adornitos que libra compró ya no pueden detener la decadencia. En Escorpio las cosas se pudren, duelen, largan olor, se transforman.
En libra han amarilleado las hojas, ha pasado el otoño. Sí, el otoño, porque en el hemisferio norte era otoño en Libra, en los días de libra, y eso es lo que cuenta.
La cáscara que cubre la cicatriz duele al caer si la forzamos o si nos resistimos. De otra manera cae naturalmente. En Escorpio se pudre la manzana, se descomponen los cadáveres, se infecta la muela, porque Escorpio representa la transformación, el punto en que las cosas dejan de ser lo que eran. Cada vez que la muerte mata algo, un perro, o una idea y os dais cuenta que ese estado de cosas es irreversible, entonces podéis decir con libertad y seguridad que habéis pasado una situación escorpiana, que Plutón os ha dado por el or...
Todo lo que se esté pudriendo está pasando por su fase escorpiana. Todo lo que se esté transformando está pasando por su fase escorpiana. Todo lo que esté cambiando irreversiblemente está pasando por su fase escorpiana.
Tiene sentido que Escorpio os de miedo. Os debe dar miedo porque todo lo desconocido nos da miedo. Nos da miedo morir, nos da miedo cambiar, nos da miedo perder. No tenemos la culpa de ser tan miopes. No tenemos la culpa de ser tan ambiciosos, románticos, hipócritas. Escorpio es lo amenazador, es ese no se qué de la noche de los siglos que amenaza a todas las especies con ser devoradas en el primer descuido. Cocodrilo que se duerme es cartera. Hoy vivimos, mañana no sabéis. Devorar o ser devorado, acechar o que te acechen, vivir de la carroña, o de la sangre, o de la vida de los otros, todo eso es Escorpio. Pero no pequemos de idiotas hiperidiotas diciendo la triste y vomitiva frase: “uy, ¡cómo son los escorpianos!”. Decir eso os hace merecedores de una patada en el traste. Si vomito en vuestra dignísima e indignada presencia, no será mi culpa tampoco.
Acordáos de mí, grabad bien estas palabras en vuestras vulnerables y pequeñas mentes, que cuanto más neguéis vuestra propia oscuridad y mugre, más oscura será, más poderosa, más terrible y asesina, envidiosa, perra hija de puta, barata prostituta, más morbosa, lujuriosa, sádica, violenta, venenosa, dolorosa. Más y más y más cada vez más como el muchachito Plutón serpentino y oscurecido morenito Plutón negrito dios que os siseará al oído y os dirá “si me negáis ante los hombres, yo os negaré también” y hay que ver la espalda de Plutón que no es una espalda de indiferencia. Eso sería barato. La espalda de Plutón es su peor cara, es la destrucción eterna, el humo incesante de lo irresuelto y reprimido.
Todos vosotros sois Escorpio. Yo lo soy. Es en este tiempo en que el héroe solar recorre el signo de la muerte en el que debéis reflexionar. Debéis quitaros la máscara de idiotas que os pusisteis para vestiros de sol.
Pero me fui por las ramas, porque Escorpio es, además de la muerte de las cosas, otra cosa: estoy hablando de la fusión de las cosas.
Todas las cosas tienen un ciclo, y a ese ciclo nos damos el lujo de dividirlo en doce fases. Cada fase tiene una cualidad. Ahora les estoy describiendo la octava fase de cualquier cosa: de un matrimonio, de una empresa, de un proyecto, de un individuo… todas las cosas en su octava fase viven estos conflictos escorpianos.
Pero nada me habilitó a mí a pensar que vosotros tuviéreis ganas de escuchar más y más de esta sarta de cosas ciertas que os pueden interesar, es cierto, pero que nos densan.
Os diré entonces algo que os sirva.
Escorpio es todo lo cochino que no queréis admitir, hijos de una buena madre, y que saldrá a la luz de la peor manera en todo momento y lugar y desde todas partes.
¿Qué os da vergüenza? ¿Qué es lo que no admitís de vosotros y que no mostráis al público, eso que no queréis que se sepa porque os abochorna hasta a vosotros mismos?
Es que somos muy solares nosotros, muy pijas, muy subidos a nuestro propio ideal de nosotros mismos, muy capangas. Tener una conciencia solar se traduce de esta manera: quiere decir que tenemos una propia imagen de nosotros mismos que nos queremos vender a nosotros y a los demás. Esa imagen emite ciertas características que nos distinguen. La gente nos identifica por eso que les mostramos: “Oh, ahí va Pepito, qué trabajador que es”, “Ahí va Susanita, qué buena alumna que resultó”, “Ése es Fulanito, miren qué bueno Fulanito, parece un idiota, pero es bueno, y es bueno ser bueno, y es bueno que todos queramos que todas las cosas sean buenas y que el bien sea tan bueno que la bondad sea una quimera al lado nuestro”… Esa es la parte apolínea del cuento, la parte solar, la que nos contamos a nosotros mismos y la que le contamos a los demás. Esa es la imagen consciente. Pero Pepito sabe que es un hijo de puta. Le gusta ver sufrir a su vecino. Le tiene un odio irracional, justificado o injustificado, no importa, Pepito lo odia y le caga el césped, le mea el picaporte, se mansturba pensando en la mujer de su enemigo, se regodea imaginándole una muerte atroz. Pero Pepito no lo reconoce. A la hora del examen de conciencia se dice a sí mismo que es un muy buen trabajador, lo que no es mentira. Susanita no dice que es una puta incestuosa. Fulanito no demostrará jamás ser un ladrón cagador ratero chupasangre desmadrado. Todos ocultarán lo que da vergüenza.
Todos vosotros sois Escorpio. Yo lo soy. Es en este tiempo en que el héroe solar recorre el signo de la muerte en el que debéis reflexionar. Debéis quitaros la máscara de idiotas que os pusisteis para vestiros de sol.
Pero me fui por las ramas, porque Escorpio es, además de la muerte de las cosas, otra cosa: estoy hablando de la fusión de las cosas.
Todas las cosas tienen un ciclo, y a ese ciclo nos damos el lujo de dividirlo en doce fases. Cada fase tiene una cualidad. Ahora les estoy describiendo la octava fase de cualquier cosa: de un matrimonio, de una empresa, de un proyecto, de un individuo… todas las cosas en su octava fase viven estos conflictos escorpianos.
Pero nada me habilitó a mí a pensar que vosotros tuviéreis ganas de escuchar más y más de esta sarta de cosas ciertas que os pueden interesar, es cierto, pero que nos densan.
Os diré entonces algo que os sirva.
Escorpio es todo lo cochino que no queréis admitir, hijos de una buena madre, y que saldrá a la luz de la peor manera en todo momento y lugar y desde todas partes.
¿Qué os da vergüenza? ¿Qué es lo que no admitís de vosotros y que no mostráis al público, eso que no queréis que se sepa porque os abochorna hasta a vosotros mismos?
Es que somos muy solares nosotros, muy pijas, muy subidos a nuestro propio ideal de nosotros mismos, muy capangas. Tener una conciencia solar se traduce de esta manera: quiere decir que tenemos una propia imagen de nosotros mismos que nos queremos vender a nosotros y a los demás. Esa imagen emite ciertas características que nos distinguen. La gente nos identifica por eso que les mostramos: “Oh, ahí va Pepito, qué trabajador que es”, “Ahí va Susanita, qué buena alumna que resultó”, “Ése es Fulanito, miren qué bueno Fulanito, parece un idiota, pero es bueno, y es bueno ser bueno, y es bueno que todos queramos que todas las cosas sean buenas y que el bien sea tan bueno que la bondad sea una quimera al lado nuestro”… Esa es la parte apolínea del cuento, la parte solar, la que nos contamos a nosotros mismos y la que le contamos a los demás. Esa es la imagen consciente. Pero Pepito sabe que es un hijo de puta. Le gusta ver sufrir a su vecino. Le tiene un odio irracional, justificado o injustificado, no importa, Pepito lo odia y le caga el césped, le mea el picaporte, se mansturba pensando en la mujer de su enemigo, se regodea imaginándole una muerte atroz. Pero Pepito no lo reconoce. A la hora del examen de conciencia se dice a sí mismo que es un muy buen trabajador, lo que no es mentira. Susanita no dice que es una puta incestuosa. Fulanito no demostrará jamás ser un ladrón cagador ratero chupasangre desmadrado. Todos ocultarán lo que da vergüenza.
Pero el cuento no termina aquí. Hoy estoy muy hablador y parece que este videoclip durará más de lo acostumbrado. El cuento no termina ahí, en el ocultamiento, sino que sigue con otro ingrediente mucho más interesante: la negación. Negamos esos aspectos nuestros que nos desagradan de nosotros mismos. Que los neguemos no quiere decir que desaparezcan. Están allí, encerrados, olvidados, negados, escondidos.
Vuestras cosas negras que os dan vergüenza están guardadas en el inconsciente. Sí, guardadas olvidadas y reclaman vigencia, reclaman espacio. Son como cachorritos que encerrásteis en un sótano si es que sois norteamericanos o en una habitación de vuestra gran casa si es que sois de la clase pudiente en América latina o debajo de la cama si es que sois de los míos.
Encerrásteis al cachorro, lo dejasteis solo a su suerte, y el pobre se alimentó de cucarachas, vivió aislado del mundo, no conoce a nadie el infeliz, es una bestia salvaje, está encadenada, vosotros lo sabéis, vosotros le teméis, vosotros la negasteis y disimulásteis y sabéis que si sale de su escondrijo os devorará. No creció junto a todos vuestros otros aspectos y recuerdos, no se formó junto a todas esas otras cualidades conscientes que sí educasteis, que sí mostrasteis y por las que os reconocen.
Pero la o las bestias están vivas y os devorarán. Saldrán en el momento menos pensado. Si, la violencia, el odio, el sadismo que ocultasteis, la lujuria, y todos sus etcéteras, reclamarán vigencia, reclamarán su lugar. No es que las tales cosas fuesen lo que son hoy. Recordad que eran cachorros destinados a vivir y mostrarse junto a vuestras demás cualidades. Pero las encerrásteis y se transformaron en monstruos enfermizos.
¿Os habéis preguntado el por qué los apolíneos evangélicos fundamentalistas protestantes luchan tanto niegan tanto huyen tanto desean tanto al diablo? Porque el diablo es el que carga con todas sus cualidades relegadas al cuarto oscuro del inconsciente. Le huyen, lo reprenden, lo exorcizan, lo combaten. Le temen, le temen y lo desean, sí, porque andan con sus trajes con sus solares muy señoritos trajes y rostros afeitados y se llenan el buche y el culo de buenas intenciones y lindas frases y bondades y filigranas metafísicas, que se olvidan de sí mismos, se creen su propia fantasía, creen ser un sol sin ocaso, un día sin noche, unos torpes hijos de la luz que desdeñan de su propia oscuridad.
Y combaten y reprenden al diablo, a Escorpio, le temen a Escorpio porque saben que lo desean. Desean ahora enfermizamente porque negaron en un principio el natural desarrollo de sus cualidades. Los que se negaron al natural contacto físico, a la epithemia, con rígidos mandatos de pulcritud moral, ahora temen al monstruo lujurioso que duerme en el cuarto de los desechos, en el cuarto de lo vergonzoso, en el cuarto de lo inconsciente.
Ése es el mecanismo. No me creáis, hacedme el favor de no creerme como le creéis a todo charlatán que os cuenta cosas. Creed más bien a los futuros eventos de vuestros propios procesos psicológicos, cuando los adornos librianos ya no sirvan de nada, porque la podredumbre se desborda desde debajo de la alfombra, ni la música alcance porque los rebusnes y alaridos de la bestia encerrada os aturdan, ni los perfumes disimulen el hedor de vuestras propias vergüenzas implosionando y dejándoos al descubierto.
Vuestra imagen solar se irá irremediablemente al carajo. Vuestra estabilidad brillante reluciente dignidad buena fama se quebrará se resquebrajará se agrietará y se os notará la hilacha, señora cucaracha.
Eso es Escorpio.
Escorpianos, no os hagáis cargo de lo que os quieren hacer cargo. Vosotros, como el diablo, cargáis con la sombra colectiva de los hipócritas. Los hipócritas solares engreídos de su dignidad esconden la miseria bajo la cama. A vosotros se os nota un poco más, no lo voy a negar, no lo neguéis tampoco vosotros, vuestros hipnóticos ojos, ojos de serpiente antigua leviatán, vuestros rasgos afilados, vuestro perfume de pérfida maldad y corrupción.
Tenéis el rostro de la muerte. La muerte debe ser muy linda entonces si tiene un rostro como el vuestro (en la visión romancera de una muerte personificada).
Y sois muy amigos de la intimidad y de los hoteles. Amigos del puñal, del sigilo reptante, del acecho, de la posesividad y de las explosiones monumentales explosiones como las de un volcán.
Oh escorpianos! Vosotros representáis ese momento zodiacal en que todo se pudre de una buena vez para dejar nacer las cosas nuevas. Vosotros sois embajadores de la renovación de las cosas, de la transformación de las cosas, del cambio.
Y me doy la libertad de decir que no hay nada peor que ver a un escorpiano disimularse. De hecho, ya la mayoría disimula su faceta escorpiana. A vosotros, ese disimulo os sienta peor.
Dejad que las cosas se fusionen, dejad que las cosas se pudran, o se caigan, o cambien, o mueran con naturalidad y sin sobresaltos.
Os invito a vivir a Escorpio con la naturalidad que Escorpio se merece, frecuentando sin temor esas zonas olvidadas. Id al baño a puertas abiertas, hacedme caso, de vez en cuando, daos el lujo de experimentar la libertad de lo escondido, dejad que lo encerrado salga de la cueva y os rompa el living, os destroce el jardín, os manche las paredes, os cague en el patio hasta que se acostumbre a vivir con todos, hasta que se integre equilibradamente en vuestra vida, y no dejéis nada más encerrado en el sótano, excepto el misterio, glorioso misterio de la muerte que nos espera.
Os Saluda El Menos Indicado.
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