domingo, 8 de enero de 2012

LA EPIFANÍA - Reencuentro entre lo Uno y lo Múltiple, entre la Identidad y las Identificaciones- Por Pablo D. Salinas


     Hacia muchos siglos antes de la Era Cristiana el pensamiento politeísta y  monoteísta estaban en pugna en las civilizaciones antiguas. En Egipto, por ejemplo, país de un profundo y cultivado politeísmo, tenemos noticia de algunas dinastías que intuyeron la primacía de lo Uno, de un dios único y absoluto en contraposición al poli (muchos) teísmo (theós-dioses) imperante.
     Sigmund Freud se hace portavoz elocuente de este aparente antagonismo en su obra “Moisés y la religión monoteísta[1], donde nos cuenta cómo un culto de rasgos monoteístas cultivado en la escuela de On (Heliópolis), tuvo su realización y auge con el gobierno de Amenhotep IV, un faraón del a dinastía XVIII que impuso el culto al dios Atón, deidad de carácter solar y de pretención única y absoluta. A tal punto llegó el extremismo ideológico de este faraón monoteísta que se cambió el nombre a Ikhnatón e hizo borrar de Egipto toda inscripción en la que la palabra “dios” apareciese en plural. Freud nos cuenta que Ikhnatón fue el antepasado de Moisés, el futuro fundador de la religión hebrea en la que se adoraría a un dios único, de caracteres solares y de pretensión de culto absoluto. Este antagonismo obedece, como es de suponer, a los excesos, a la polarización, al posicionamiento extremo en uno de los polos que tiene como presupuesto la exclusión del opuesto: “Algunas de estas discrepancias pueden obedecer a la contradicción fundamental entre un monoteísmo estricto y un polteísmo ilimitado[2]
     Henry F. Meyers en su obra “Mitología Egipcia” nos explica cómo esta coalición político-religiosa se transformó en una lucha entre las facciones de Amón (adorado por el pueblo y por las familias pudientes) y de Atón (adorado por el faraón y sus prosélitos). El culto de Amón podía convivir con el culto a otros dioses, mientras que el de Atón tenía un carácter absoluto. Por esto el faraón y su familia se mudan a una nueva capital, “Horizonte de Atón” (hoy las ruinas de Tell-el-Amarna).[3]
     No se puede afirmar que el politeísmo es necesariamente una corriente asociada a lo políticamente democrático o que el monoteísmo tenga que ver con lo políticamente dictatorial, pero sí podemos afirmar que el politeísmo tiene como cualidad lo que es plural y heterogéneo, mientras que el monoteísmo se circunscribe a lo singular. Lo particular en el caso del monoteísmo y una de sus características esenciales es la incapacidad de coexistir junto a otras formas de pensamiento. 
    En el tema que nos toca hoy, el relato de la Epifanía, podemos entrever un escueto acercamiento sintético entre estos dos sistemas de pensamiento en aparente y predicado antagonismo. 
     Nada cuesta homologar la temática del relato de Mateo 2 con las instancias zodiacales de Leo (quinta fase) y Acuario (undécima fase). Recordemos que todas las cosas tienen un ciclo de existencia que ha de atravesar por doce instancias simbolizadas por los doce signos del zodíaco. 
     Mateo nos cuenta que cuando Jesús nace en Belén (hebreo: Beth-le-hem- “Casa del pan”, fácilmente atribuible a la constelación de Virgo a la que se representa con una espiga de trigo), vinieron del Oriente (Babilonia, Caldea, ciudades donde se origina la Astrología[4]) unos astrólogos[5] preguntando dónde estaba el rey de los judíos que había nacido.
     El cuadro representado en el capítulo dos de Mateo es más que singular. La religión monoteísta de los hebreos había lapidado el politeísmo de las naciones vecinas incluyendo la práctica de la Astrología. Los profetas, portavoces del dios volcánico Yavé, habían intuido que la ciencia de los astros era una amenaza para la soberanía del Único, el que exigía devoción exclusiva (y excluyente)[6], el que era un remanente del dios Sol adorado en On por los sacerdotes de la Heliópolis y por el faraón absolutista Ikhnatón. No se cansarán estos personajes solitarios de exhortar al pueblo que se ve siempre tentado a ir detrás del ejército del cielo, de lo plural: “No sea que alces tus ojos al cielo, y viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, seas impulsado, y te inclines a ellos y les sirvas; porque Jehová tu Dios los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos. Pero a vosotros Jehová os tomó, y os ha sacado del horno de hierro, de Egipto, para que seáis el pueblo de su heredad como en este día.”[7].

     Lope de Vega se hará eco de esta temática de la involución en su poema de la Epifanía en la versión católica:
“Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.”

     Donde el Leo absoluto se impone, no hay lugar para el brillo del conjunto, no hay lugar para la libre conciencia de los pueblos y las culturas.
     En la escena de la Epifanía (revelación divina, portento), tenemos a los representantes de lo múltiple (Acuario) y al Sol Central en Belén, lo Uno, Jesús (Leo). Es un encuentro paradigmático. Las estrellas guían a los astrólogos hasta el pesebre, y en el pesebre el niño Sol, como un rey (Leo) recibe los presentes (el Sol es entre otras cosas el “presente” y Leo lo mismo, la “presencia”), acepta los regalos (de la raíz reg: regis, rey[8]) que corresponden a un rey: incienso, oro y mirra. De hecho los mismos astrólogos preguntan “¿dónde está el rey?”[9], que es como decir: “¿dónde está el Sol (el indiviso, el idéntico a sí mismo, el Uno, el presente, la Luz de la Conciencia) al que venimos a rendir honores? (el tributo y los honores corresponden significativamente al Sol).
     Deshojar el tema de la solaridad de la imagen de Jesús requeriría un artículo aparte, pero no está de más mencionar algunos detalles: este Jesús-Sol es descripto en el mismo relato de la Epifanía como un conductor (Sol) y un “apacentador”, un pastor de ovejas” “Porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel.”[10] Apolo, el dios solar vino a la tierra en calidad de pastor de ovejas, las mismas que le fueron robadas por Hermes. 
     Una vez entregados los presentes, una vez que los representantes de las constelaciones (Acuario), del ejército del cielo (Acuario), ofrecieron sus reconocimientos al niño Sol, son avisados por un ángel (mensajero, Mercurio) enviado por el dios volcánico Yavé, de que vuelvan por otro camino. El dios Yahvé ya no exige devoción exclusiva, o al menos en el nuevo orden de las cosas ya no es tan necesario. Porque la idea de la divinidad también evoluciona en la conciencia de los hombres, tanto así que en la Era del Carnero la divinidad egoísta y autocentrada exige (rasgo distintivo de Aries) devoción exclusiva, mientras que en la era de Piscis correspondiente al niño-Jesús-Sol, se puede empatizar con aquello que en Aries estaba separado. Lo Uno y lo Múltiple pueden mimetizarse (Era de Piscis) en la noche pacífica, noche en la que reciben por sueños la revelación de tomar otro camino para volver a su tierra. 
     El niño-Sol no deja de ser Sol luego del encuentro, y los astrólogos no dejan tampoco, a su vuelta, de bucear en las estrellas. El niño-Sol sabe que la Era del amor, el sacrificio, la expiación y la empatía ha llegado, que ha venido a reconciliar lo que no estaba unido, que lo Uno y lo Múltiple son posibles. Los astrólogos saben que Acuario es la instancia en que todos los soles constelan, en el que todas las individualidades pueden brillar desde sí absoluta y conjuntamente.   
     Pienso que este relato de la Epifanía tiene también escenario en la psique del hombre. En la búsqueda inicial de la Identidad, cuando ocurre la separación de la conciencia familiar de Cáncer, nace Leo, la conciencia de ser separado, el individuo. Pero para ser individuo, para separarme de Cáncer, para pasar a ser Leo, he de erigirme como un ser único, identificable, no como parte de un clan, no como miembro de un cuerpo familiar, no como parte de un apellido o tótem, sino como ente individualmente identificable, con una imagen propia y con nombre propio. La fase quinta (Leo) tendrá entonces como característica la búsqueda de la IDENTIDAD. Pero lo que debía ser IDENTIDAD se desdibuja en IDENTIFICACIÓN, y paso a espejar los aspectos de la realidad que asumo para mi “identidad”. No deja de ser una peripecia lunar, esta de espejar un poquito de esto y un poquito de aquello para obtener al final una identificación con tantas cosas que por ser justamente aspectos escindidos de la realidad, un copy/paste del entorno, no encuentran la síntesis. La conciencia, el cúmulo de aspectos del entorno asumidos como propios, es un collage muy desprolijo, una máscara construida con materiales heterogéneos u homogéneos pero amalgamados por la fuerza. 
     La conciencia tiene noticia de la naturaleza forzada e inestable de la máscara y vive esa sensación de fragmentación interna como intimidación. Todo lo que huela a múltiple amenaza con delatar la fragmentación interna. Es como sentirse delatado desde fuera, como cuando antes de entrar a la fiesta nos manchamos la camisa: nos ponemos un saco aunque hagan 35° grados de temperatura, toda situación que nos exponga a sacarnos el saco (el momento del baile, la prenda de la soga, etc) es una amenaza, nos puede delatar, puede exponernos a la mirada crítica del entorno, hay que evitarlas, hay que quedarse sentaditos, fresquitos, hay que dejarse el saco puesto hasta el final. 
     El dios volcánico Yavé también debía tener puesto el saco hasta el final, tenía que ocultar la mancha, el collage de su propia fragmentación interna, su pasado construido de a pedazos: un poquito del “El” caldeo, otro poco del Atón Egipcio, otro poco del dios volcánico del monte Horeb. También para Yavé lo múltiple era una amenaza. La polarización en lo Uno y Absoluto era un resguardo de la pérdida de su propia inautenticidad. Yavé-Leo se sentía amenazado por la cualidad de lo auténtico que trae Acuario. 
     De manera similar el proceso de la construcción de la Identidad, el Yo, si no ha pasado los límites de la Identificación, del ego, se cierra en un absolutismo a prueba de toda multiplicidad, de lo auténtico que amenaza con no dejar nada en pié. 
    Según creo, un acertado camino a lo auténtico, al proceso de individuación (Acuario) es justamente la no-identificación (ego), la no-construcción de la máscara-collage, la no-búsqueda del Uno sino de lo Múltiple. 
     Una conciencia que se admite plural, que asume que no es ella un único aspecto sino muchos está en vías a la unidad interna. Caso contrario la unidad interna no es más que fragmentación y miedo. 
     Asumir lo múltiple es asumir todas las cualidades en mayor o menor escala, pero todas, vividas y exploradas como camino, como recorrido, como el Sol que surca la eclíptica, que parte de Aries y asume a Aries, pasa a Tauro y asume Tauro, luego Géminis, etc., y no deja de ser el Sol, y que al final de su recorrido ha ganado en experiencia y sabiduría. 
     Esa es una manera de ver el suceso de la Epifanía, como una dialéctica entre lo Uno y lo Múltiple, como recorrido y experiencia. Que en nuestro “teatro interno”[11]tengamos a la mano las máscaras, el espejo, el escenario libre para ensayar los pasos y el argumento de cada personaje y su impronta, la huella de lo que importa, lo que hemos importado y actualizado según nuestra propia configuración psíquica. 
     Si en el teatro no hay personajes, si es un monólogo, un unitario, si se excluyen las infinitas posibilidades de expresión, las cualidades que sólo el cambio de máscara podría otorgarnos, ¿qué tendrá ese personaje absoluto, dueño del escenario psíquico para contarme mas que su miedo a ser depuesto? Él oficia su rol en la tarima iluminada, pero desde las sombras, desde el inconsciente, desde el lugar no-iluminado del teatro las otras máscaras reclaman su vindicación. 
     Pienso que el relato de la Epifanía pone en escena una trama necesaria. Un encuentro saludable entre lo múltiple de la conciencia y la conciencia misma.
    
    
    




[1] Sigmund Freud, “Moisés y la Religión Monoteísta” Ensayo CLXXXVI, Obras Completas, Ediciones Orbis S.A, Vol.19, Hispamérica Ediciones Argentina S.A
[2] Sigmund Freud, “Moisés y la Religión Monoteísta” Ensayo CLXXXVI, Obras Completas, Ediciones Orbis S.A, Vol.19, Hispamérica Ediciones Argentina S.A, página 3249 (negritas son mías).
[3] Cf. Henry f. Meyers, “Mitología Egipcia”, Andrómeda Ediciones, 2004, página 61
[4] “mago ni astrólogo ni caldeo” Daniel 2,11
[5] El término griego “magoi” o latino “magician” son traducidos por la Biblia “Nuevo Mundo” del 1987, y por la “Biblia al Día” del Living Bibles International 1979 como “astrólogos”. Aunque las otras Biblias traduzcan “magoi” como “magos”, se deduce que eran astrólogos porque venían de Oriente y porque seguían una estrella a la que interpretaron como señal del nacimiento de un rey.
Conviene a este respecto el siguiente link: http://www.redah.unlugar.com/Walteranliker.htm

[6] “No tendrás dioses ajenos delante de mí.” Éxodo 20,3 y “porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso” Éxodo 20,5
[7] Deuteronomio 4, 19-20
[8] Jorge Bosia, Módulos del curso de Astrología a distancia- Proyecto Trenkehué
[9] Mateo 2,2
[10] Mateo 2,6
[11] “teatro interno” “teatro del imaginar”, idea empleada en “hacerse humano”, Dreifuss Alfredo, Bosia Jorge, Editorial Trenkehué, Buenos Aires 2007

2 comentarios:

Juan dijo...

Hola,
Gracias por este artículo!
Está lleno de perlas de informarción!

Muy buena tu observación diferenciadora entre "identidad" e "Identificación".
Creo que al no perder de vista esa diferencia, el astrólogo se evita un montón de "falsas identificaciones", al comprender que una gran parte de lo que está observando a través de una carta natal...es solo el reflejo de una máscarada inconsciente!

Muchas gracias!

yosoysauron dijo...

Juan, muchas gracias. No es mérito mío esa diferenciación que mencionás sino que es desde ya una configuración común del eje Leo-Acuario. Tomé coo referencia este eje teniendo en cuenta la identidad solar de Jesús y el encuentro con los magos, a los que ubico en el polo opuesto, Acuario. De allí toda la nota Leo (Identidad absolutista, polarización) Acuario (complemento y democratización de la consciencia). De to0das maneras te agradezco el cumplido.

El Menos Indicado.